Buen humor en familia

Teólogo Tito Chimarro Ramírez

Existe un dicho que afirma que “los hijos son la alegría del hogar”.

Y, sin embargo, todos los que tienen hijos pequeños -y no tan pequeños- han experimentado la tensión continua que supone el esfuerzo por educar bien a los hijos.

Puede que estemos tan centrados en ayudarles a portarse correctamente, a adquirir buenos hábitos que nos olvidemos que también necesitan bromear y reír.., a carcajada limpia.

Efectivamente, nuestros hijos necesitan autoridad y disciplina, pero la infancia también necesita un tiempo para reírse.

Casi puede decirse que nuestros hijos se encuentran en la edad de la risa: fácil, espontánea, continua, feliz.

Se encuentran en el período sensitivo para hacer del buen humor una forma de ser, una postura ante la vida.

Fomentárselo les ayudará a contar con recursos para superar problemas y disgustos.

Nuestros hijos han de ser capaces de enfrentarse a las dificultades de la vida, pero también han de ser capaces de recordar su infancia como una época feliz, unos años de risas continuas (junto a nuestra exigencia, que también es igua de necesaria).

Y, para ello, hay que aprender a reírse en familia. Divertirse Estar de buen humor no cuesta tanto y, además, es mucho más gratificante.

Hay que esforzarse por sonreír, aunque a veces se haga difícil.

Así acabará por enraizarse en el carácter un sólido sentido del humor. En definitiva, los hijos aman a aquellos que tienen tiempo no sólo para enseñarles, sino para divertirse con ellos.

Por lo tanto, podemos buscar las mil y una ocasiones que presta la vida normal para convertirlas en carcajadas, es decir, para reírnos con nuestros hijos.

Los hijos son unos excelentes humoristas y tienen siempre muchas ganas de reír.

Muchas veces un rasgo de humor servirá para salvaguardar el tesoro de la autoridad al no tener que ejercerla.

El humor sirve para relajar un ambiente tenso y pone aceite lubricante al engranaje de la autoridad.

El ambiente risueño es propicio a la confianza y a la confidencia.

Quizá así podamos entrar en intimidades que de otra forma nos serían vedadas. Además, el humorismo nos permite siempre una salida airosa en nuestras reprimendas o castigos: el humor es un signo visible de cariño, que se trasluce en el deseo de hacer llegar suavemente un mensaje. Porque la alegría y el optimismo de nuestro hogar deben asentarse en el amor.

RECUERDE

Siempre hay “momentos tontos” a lo largo del día (viajes, colas en la tienda) que puede aprovechar para hacer reír a sus hijos, recordando anécdotas divertidas, contando algún chiste, diciendo alguna frase ocurrente…

Sorprenda a sus hijos con “locuras”: actúa, pon voces raras imitando a ciertos personajes o puedes hacer alguna broma en la cena.

No hace falta gastarse dinero para divertirse; puede pedir prestada una carpa e ir juntos a acampar aunque sea en el patio de su casa; planifica una salida o un partido de futbol o cualquier deporte que lo puedan practicar todos juntos. El humor y el optimismo son factores formidables para avivar la inteligencia.

Propón a tus hijos que organicen ellos una salida familiar, o una tarde especial… pero ten disponibilidad para aguantar de todo con sonrisa y buen humor.

Puede ocurrir que los chistes que cuenten los hijos no te hagan gracia.

Al menos, puedes intentar escucharlos y reírte para que poco a poco vayan aprendiendo a soltarse.

Es un buen medio para que se acostumbren a hablar en público.

Hay que enseñarles a disfrutar de las cosas sencillas y cotidianas presentes en la vida.

Hacer de un simple paseo dominical toda una aventura, disfrutar de la conversación o de una cena…

Para todo ello, hay que pasarlo bien en familia.

También hay que dejarles claro que la vida no es sólo reírse a todas horas; hay situaciones (visitas, momentos de descanso) en las que hay que saber comportarse, lo mismo que hay conversaciones serias (por ejemplo, sobre los estudios). Realiza, de vez en cuando, una “supernoche familiar”: pueden reunirse en la sala y contar historias, chistes, comiendo canguil, etc.

Será muy divertido. Los más atrevidos pueden, incluso, acabar durmiendo allí en colchones o en sacos de dormir.

Los hijos necesitan un ambiente en el que, habitualmente, se esté de buen humor. Y, cuando no es así, ese hogar va cayendo poco a poco en un sopor parecido a la tristeza, que nunca es productiva ni libera en nada de los problemas.

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